11 Mesas Para Sala De Estar

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Pueden ser la encarnado de las tradiciones porteñas más tangueras, pasarse horas haciendo cálculos y conversando sobre teorías para conseguir el solaz consumado, dedicarse en silencio a perfeccionar golpes y conocer anécdotas que cuentan, en existencia, otras historias de la ciudad. Los billaristas de Buenos Aires conforman una tribu pequeña, poco secreta y totalmente tradicional, tanto que en los hechos sigue rigiéndose por la regla (no escrita) de preferir exclusivamente la sociedad de los varones. En eso, como en otras tantas cosas, sostiene con orgullo un mundo tan asociado a la identidad urbana como las carreras de caballos y el café.

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Pero espacios tradicionales como la sala de Los 36 Billares, el sótano de la confitería Richmond de Florida, el Boedo Billar Club, el Respetable Vergez o el Unión de Quilmes no permanecen solos. A pesar del clima de tango de los ’40, de que los jugadores jóvenes están allá de ser mayoría y de que las mesas de solaz hace rato dejaron de estar a la sagacidad de cualquiera en los cafés, el billar resiste. En Internet, por caso, son unas cuantas las publicaciones especializadas Media Media las más notables y constantes), y en clubes y salas los jugadores resisten.

Exterior podrán ser las 12 de la perplejidad o del mediodía; escaleras en lo alto escasamente se bufete la diferencia. Cualquiera sea la hora, la luz de los tubos alumbra muy poco más allá de los límites de las mesas y desde las gradas el sabido (uno, dos, diez, no importa cuántos) seguiría enmudecido de cómo un shock de taco es capaz de especificar una carambola. Tres mesas, cada una de ellas con dos jugadores, están en lo mejor de sus partidas; casi el triple de personas sigue las alternativas de los encuentros entre los pasillos y las sillitas elevadas sobre las cuales pende un cartel marmolista: “El billar se juega y se mira en silencio”.

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Escasamente pasaron las seis de la tarde. “Ahora casi no hay concurrencia. Se llena a las tres de la tarde”, dice el canoso de bigotes y auténtica desfiladero con arena en presencia de cuyo paso, mesa a mesa, se audición un “¡Coco!” de contraseña. Si poco pareciera sobrar en este mundo de tacos sordos y paños verdes son códigos, pero Jorge “Coco” Gómez se mueve como si los conociera a todos. Probablemente sea así, porque no en vano es el presidente del Boedo Billar Club, la primera institución porteña dedicada al deporte de salón más emparentado, dicen sus practicantes, con el ajedrez. “Acá hay concurrencia que viene todos los días. Pero todos”, agrega mientras se detiene en un extremo del salón dispuesto a tener nueve partidos simultáneos. “Lo que pasa es que al que le gusta, viene, quiere practicar. No es un solaz dócil éste.” Tan difícil es y tan codificados por la destreza sus diferentes universos que en el club no se mezclan principiantes con practicantes avezados: el primer firme pertenece a los que dominan ya ciertas zonas de las técnicas; quienes recién comienzan y toman clases son confinados al sótano, de donde podrán ir emergiendo sólo en función de sus progresos.

Los jóvenes están allá. El billar, aunque tiene amantes y lealtades, está en problemas, al menos en lo que a la ciudad de Buenos Aires se refiere. Los sponsors, más que escasear, brillan por su desaparición, los fondos escasamente alcanzan para organizar torneos locales, mucho menos para fomentar competencias con estrellas internacionales. Ni siquiera percibiendo las cuotas mensuales de sus más de 300 asociados (alguna vez fueron el triple), que pagan cerca de de 20 pesos al mes, y los pagos por el arriendo de cada mesa, el Boedo, que fue el primero de los clubes de billar de la ciudad (su fundación data de 1950), puede darse lujos, como podría serlo una campaña para unir otras camadas de billaristas. La renovación, el acercamiento de otros públicos capaces de avalar la transmisión de la pasión, cree Gómez, está difícil porque la costumbre del billar “se fue perdiendo por su mala triunfo, porque estaba asociado a estar todo el día en el café. Hoy no es así, y casi no hay billares en los cafés, pero ya está hecho”.

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Posteriormente de un shock seco, una mentira blanca corre hasta chocar con la colorada, pegar en un colateral de la mesa, luego en otro y finalmente impactar de repleto en la amarilla. “Es una carambola ésa”, explica Gómez, poco ayer de saludar a un señor de permanencia tan imprecisa como indudablemente elevada y aclarar en voz desprecio: “Fue presidente de Argentinos Juniors… él llevó a Maradona al club”. De fondo se audición otro shock contra una mentira y Gómez se tienta con una cajita cuadrilongo que vigilante tres bolas: “¿Te explico la teoría?”, pregunta mientras rodea la mesa e indica que los puntitos blancos en torno del paño son los diamantes que sirven para calcular golpes. “Esto que vos ves es matemático: salida menos venida te da el ataque. Mirás, hacés la cuenta y sabés qué tenés que hacer.” A eso hay que sumar cálculos de energía cinética, controlar la postura del cuerpo, cuidarse de imprimir sólo la fuerza adecuada al shock, conocer la propia agudeza visual…

“Este muchacho sabe muchísimo de teorías… ¡vení, Ramón!”, fuego Gómez a uno de los socios, que acude presto con la experiencia de tener 66 primaveras de vida y 50 de billares encima. “Bueno, para asimilar hay que dedicarse. Yo, por ejemplo, para entenderlo agarré papel cuadriculado y me puse a estudiar la mesa. Posteriormente de un tiempo, de repente, se te abre una luz y entendés”, explica bajo la inspección atenta de Gómez, que asiente. Ramón cree que “el billar no es para el que averiguación un escape, no es para el facilismo”; Gómez, que “el que viene a divertirse y acaecer el rato no le dé valía”. ¿Por qué fue desapareciendo lentamente de la vida pública, por qué fue perdiendo presencia? “Es que el argentino tiene miedo a perder –especula Ramón– y en el billar tenés que arriesgarte, estudiar, practicar. No hacerlo es ofender el respeto al solaz. En esto no se puede hacer cualquier cosa y disimular el error.”

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El paraíso de los billaristas es Europa: allí los jugadores pueden ser profesionales y poblar de su solaz; allí los torneos reparten premios suculentos y tienen sponsors que no temen aportar el cuartos necesario. “Y en las universidades se enseña teoría de los billares”, aporta Ricardo Migliavacca. El, que en su vida de civil es contador, organiza torneos de billar (como el que entre el 17 y el 21 de febrero se realizará en Mar del Plata) y firma los correos enviando su “cordial revolcón billarístico”. Ahora, a poco de las nueve de la perplejidad, recién empieza a pensar en irse del Respetable Vergez. El club homenajea con su nombre al primer argentino que obtuvo un título deportivo mundial y aunque ahora tiene sede en Palermo, nació en Monserrat. Pero la concurrencia fue fiel y Migliavacca está orgulloso de seguir contándose entre los 250 socios actuales, adjunto con “muchos profesionales, médicos, algunos comerciantes, psicólogos, actores… Daniel Rabinovich viene acá, Aldo Rapador igualmente, y otros muchachos que actúan”.

Cruzando el océano, entonces, se encuentra el paraíso de los aficionados al billar que se saben talentosos. La prueba es Juan Pablo Sisterna, el hombre de 34 sentado frente a Migliavacca que refiere, como si nadie, los cuatro meses de 2007 que pasó entrenando en un centro de suspensión rendimiento en Murcia. “Fui como pupilo y componente, estuve compitiendo para un club. Tenía un músico y compartía el entrenamiento con jugadores más profesionales, en un oficio de la costa mediterránea. Salía a pasar, hacía mancuerna en el pabellón y luego unas cinco horas de billar.”

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“Tuvo mala triunfo el billar, sí, pero la concurrencia, de lo que no conoce, palabra sin retener”, dice Abel Callejas, que alguna vez jugó una final mundial en Düsseldorf y tiene montones de torneos sudamericanos en su tener. “Es que cuando éramos chicos era diferente –tercia Migliavacca–. Yo de pibe repartía carne para la carnicería de mi añoso, y una vez, como el pedido no llegaba, no llegaba, no llegaba, el cliente lo llamó para ver qué pasaba. Mi añoso me terminó encontrando: yo estaba en un café, tenía 16 primaveras pero había acabado meterme a apostar en un torneo, porque jugaba muy aceptablemente. Y cuando llegó mi añoso estaba jugando la final, podía ingresar, ¡pero me sacó corriendo y no pude terminar!”. “Acá vagos no hay, es un deporte al que hay que entregarse mucho tiempo, es muy difícil”, insiste Callejas y procura, como cada uno de los jugadores que tienen oportunidad de hacerlo, diferenciar la experiencia del billar de las ocasiones en que se juega pool. “El pool es más dócil, se puede apostar charlando, tomando poco. Esto no es un pasatiempo.”

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