11 Sala Com Sofá No Chao

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Santiago Muñoz Pelado

Sus luceros verdes, matizados con un poco de amarillo y café, se reflejaron en los luceros verdes, abiertos de par en par, del minino que la observaba impávido al otro banda del cristal. Bajo los pies del minino estaba un televisor sobre una mesa contigua a la hormaza. Bajo los pies de ella estaban doce pisos de hueco. Valentina sostenía con fuerza, con ambas manos, una sábana atada a otra y a otra, que funcionaba como una improvisada cuerda de rápel atada a su cintura y servía como segmento animoso entre su cuerpo y la pata de su cama, ubicada a un banda de su cuarto en el habitación 1605 del edificio Corkidi, en pleno centro histórico de Bogotá.

El derrota helado que bajaba de los cerros orientales surcaba como un rastrillo los edificios y las casas del ciudadela La Candelaria. En esa sombra, fría como siempre, con derrota como tantas, con pequeñas gotas de tormenta como de costumbre, la homicidio se escondía expectante y de ultratumba; entre el rocío, entre los ladrillos de la porte de 21 pisos del Corkidi, entre los nudos que unían las cinco sábanas que Valentina había amarrado para escaparse ese viernes 14 de julio del año 2006.

“Acá te espero, ojalá puedas venir”, se leía en la pantalla de su celular resquebrajado de color rosa que temblaba entre las manos de María del Rosario, causa de esta pupila bonita de pelo dispendioso infeliz, esbelta mas de caderas anchas, de hocico respingada y dentadura perfecta, una pupila que parecía una mujer y que en dos meses cumpliría al punto que 14 primaveras, antigüedad que nadie intuía al verla, antigüedad que sólo se corroboraba al descifrar la término de partida impresa en su documento de identidad. “Allá nos vemos, voy a tratar de volarme”, decía el mensaje de revés.

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Valentina no era lo que muchos esperarían de una pupila de su antigüedad, pero al mismo tiempo una típica preadolescente: “Era desobediente como todas las niñas de su antigüedad, muy madura para unas cosas pero además inmadura para otras”, cuenta su causa. Valentina leía mucho, le encantaba. Le gustaban las matemáticas y el inglés. Le gustaba salir, estar con sus amigas, advenir toda la tarde con su novio. Incluso perdía materias, peleaba con su hermano, le sacaba canas verdes a su mamá, a veces la preocupaba hasta la desesperación. Era una pupila como muchas pero además era una pupila como ninguna.

“Hasta mañana Tiago, que descanses”, dijo a su hermano antiguamente de encerrarse en su cuarto la sombra de ese día que había recibido las notas del colegio con no muy buenos resultados. “Chao Tina, que duermas”, respondió Santiago mientras le daba un corto arrechucho con su miembro derecho y un beso en la inicio. La puerta se cerró haciendo retumbar las paredes de drywall que cercaban su habitación, que no venían originalmente con el habitación y que resonaban estruendosas con el beocio contacto. Mientras su hermano se sentaba en el sofá de la sala a ver televisión.

El televisor con tres ‘rayas’ de prominencia al punto que se escuchaba. Las luces amarillas del alumbrado conocido se reflejaban en el pavimento mojado que emitía un suave sonido cuando algún taxi pasaba sobre él. La sombra era tranquila, callada, sepulcral. Como a la aplazamiento de ser profanada.

El sonido no llegó de shock, lo hizo in crescendo. Primero movió las orejas con destino a el banda derecho como si se tratara de un par de antenas de telecomunicaciones buscando señal, luego se movieron sus bigotes. De shock abrió sus luceros verde esmeralda. Entre tanto, sus patas peludas se impulsaron con prontitud con destino a la parte superior del enorme televisor cuadrado situado cercano a la ventana. Extrañado, Santiago se acercó con destino a el cristal con un nudo en la tragadero, con las manos sudorosas mientras escuchaba un sonido como de contrabajo desgarrado que le heló la casta.

Cada paso del corto trayecto del sofá al tragaluz era más dispendioso que el preliminar. Intentaba alzar su pinta para ver qué ocurría, al mismo tiempo que trataba de ofuscar sus luceros temeroso de lo que encontraría al traspasar con su examen el vidrio sutilmente empañado. Veía sin mirar. Escuchaba cada vez más cerca y cada vez más duro ese sonido de fricción metálico que su memoria grabó en lo más profundo de su ser. A pesar de que no tenía la más mínima idea de lo que sucedía, tenía enterrado en su mente como un puñal que no era poco bueno.

Asomó los luceros por sobre la cornisa, no vio carencia. El ruido que taladraba su inicio seguía sonando hasta que este se detuvo de modo abrupta y sequía. Santiago abrió la ventana precipitado, haciendo a un banda de un codazo al minino que miraba con destino a el quebrada con las pupilas dilatadas. El tiempo pareció detenerse por un segundo cuando vio en el donaire a su hermana. Todo se tiñó de un tono onírico, no parecía estar pasando. Lo inverosímil de la situación daba para que la mozo desplegara un par de alas y regresara suavemente a su cuarto poniendo fin a esta pesadilla.

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No era un sueño. Era carencia más que la cruda efectividad. A la vida de Valentina no le quedaban más que unos pocos segundos, esta se escapaba de su cuerpo como los últimos granos de un temporalizador de arena. Durante la caída, los luceros de entreambos hermanos nunca se encontraron, los de Santiago estaban desorbitados, nublados como por una catarata más suscripción que el Brinco del Atractivo, más ancha que la de Iguazú. No alcanzó a divisar más que una silueta. Silueta que sin duda sabía de quién era pues por los últimos 13 primaveras la había gastado deambular día tras día en su misma casa, siempre con destino a su cuarto complicado y colorido. Silueta que veía desvanecerse mientras se adentraba, metropolitano a metropolitano, en la oscuridad del precipicio.

El trance se rompió con un shock. Seco, duro y desgarrador. El choque contra el carretera de la terraza ubicada en el cuarto carretera carcomió los tímpanos de Santiago. Se sintió como si un fustazo le hubiera partido por la parte los pequeños huesos del pabellón medio. Fue como un sacudón, no siguió más tiempo en la narcosis del shock. Al adormilamiento de no entender lo que pasaba lo reemplazó el terror helado, el nerviosismo y la ansiedad.

Inmediatamente corrió despavorido con destino a la puerta de su casa, la abrió de par en par y se acercó al habitación de al banda donde se encontraba su causa y Elkin, quien era el compañero sentimental de ésta desde hacía más de una plazo. Santiago pronunció a gritos las palabras que nunca se borrarían de la mente de su causa: “¡Mamá, mamá!, ¡Valentina se cayó por la ventana!”. María del Rosario salió, cercano con Elkin, del habitación que además era de su propiedad, encontrándose con el aterrorizado mozo de 16 primaveras que narraba lo que toda causa teme escuchar algún día.

Los tres se dirigieron con destino a el cuarto de Valentina; con fuerza, Santiago y Elkin derribaron la puerta con la esperanza de que todo fuera un error, un malentendido, una macabra irrealidad. No se cumplió tal expectativa. El panorama era aterrador, la ventana estaba abierta del todo, los papeles los agitaba el derrota, la sábana amarrada a la pata de la cama salía por encima de la cornisa y se movía inerte a merced del aterido vendaval. El derrota caló los huesos, el trance se volvió a delegar de Santiago, de Elkin, de su mamá.

“Mírala, está ahí debajo, al banda de esa fuente”, señaló Santiago desesperado. María del Rosario fue invadida por la misma ceguera que había nublado a su hijo maduro unos pocos minutos antiguamente. No vio carencia. No vio a Valentina que yacía ya inmóvil en el suelo. La vida de una pupila, de una hija, de una hermana, de una amiga se escapaba en los fríos brazos de la homicidio en aquella sombra de calabobos.

Con maduro intensidad que la tormenta que caía, las lágrimas brotaron caudalosas por las mejillas de Luis Carlos, padre de Valentina. Había venido en su velocípedo desde su casa en el ciudadela La Soledad, atendiendo la emplazamiento de Santiago, quien le había dicho que viniera pronto pues poco difícil había pasado. Casi nada llegó se encontró de shock con su hijo, quien lo abrazó de inmediato para darle la nota. Aquel hombre de 49 primaveras, de pelambrera canoso, que hace 13 había gastado emanar a su hija y que hoy la perdía, entraba en cólera y desesperación.

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Caminó de un banda a otro de la calle 12 con los luceros clavados en la ventana del habitación donde vivían su ex esposa y sus hijos. Sólo apartaba la pinta para limpiarse las lágrimas que le impedían seguir mirando la tétrica suceso en exploración de una explicación. Gritaba, preguntaba, maldecía, daba puños al donaire, golpeaba el carretera con fuerza. Mientras, Santiago intentaba detenerlo, buscaba una modo de contener esa ira, esa impotencia, ese dolor indescriptible que se apoderaba de su progenitor.

Carencia colaboraba para darle un rápido trámite a la estremecedora situación. Valentina había caído en una terraza perteneciente a unas oficinas que ocupaban todo el carretera cuarto y por la hora y el día se encontraba cerrado, por lo cual los bomberos, que habían sido llamados por la administradora al enterarse de lo sucedido, debieron subir desde el tercer carretera con unas escaleras para poder entrar al cuerpo sin vida de la mozo a fin de hacer el pronunciamiento, para el cual se hizo presente encima el CTI de la Fiscalía.

Puede que sea la rutina, la costumbre de ver situaciones similares día tras día, que lo que antiguamente los conmovía profundamente se haya convertido en carencia más que un trámite, una diligencia más, pero parece que los agentes que acudieron en julio de 2006 a interviuvar a una aquejada y dolida causa carecían del minúsculo tacto para atender un caso como este: “Zapato izquierdo a ocho metros del difunto. Fractura en la parte posterior del cráneo”, telegrafió en voz suscripción uno de los oficiales en plena sala de la casa de la recién fallecida, en frente de su causa, su hermano, su padre y el compañero sentimental de su causa.

-¿Piensa usted que fue suicidio?- “¡No!” Contestaba segura su mamá. -¿Drogas?-, “No”. -¿Problemas con la clan, con el novio, en el colegio?- “No y no”, continuaba respondiendo con seguridad y atravesando con dolor este terrible interrogatorio carente de la mínima consideración. Posteriormente de un par de horas de preguntas insidiosas, Elkin y Santiago, su Padre, la nueva esposa de éste y su suegra conciliaron el sueño agotados y agobiados. María del Rosario no lo logró, sólo esperaba que fueran las siete de la mañana para vocear a Medellín a avisar a su clan de la trágica pérdida. No aguantó y a las seis y media de la mañana llamó a su hermana, momentos antiguamente de salir a medicina judicial por los despojos mortales de su pequeña. Ambas hermanas rompieron en lloro con la emplazamiento.

El opinión de la Fiscalía señaló que todo fue un desafortunado incidente. Que sucedió cuando la pupila trató de escaparse a una fiesta con sus amigos, y, sabiendo que no tenía permiso por sus resultados académicos, decidió pasarse al cuarto de al banda por la ventana para evitar inaugurar la puerta que hiciera retumbar las paredes de drywall, y así salir silenciosa burlando la adormilada destacamento de su hermano. Intentó la osadía amarrando sábanas a su cuerpo en un extremo y a la pata de su cama en el otro, como una ingenua medida de seguridad, con tan mala suerte que resbaló y al no resistir su peso, los nudos se deshicieron haciendo que cayera impotente con destino a el quebrada, desatando ese mal sueño, esa pesadilla para su clan. Esa implacable efectividad.

La pesadilla no llegaba a su fin. Correcto al expansión corporal de Valentina, los médicos de Medicina Admitido no creían que al punto que estuviera próxima a cumplir 14 primaveras, pensaban que tenía cerca de 18, por lo que pedían a su acongojada causa entregar el certificado de partida para poder hacer entrega del cuerpo para la realización de las honras fúnebres. A Dios gracias, un compañero de trabajo de María del Rosario movió sus influencias con el sindicato de la institución y permitió que este calvario premioso llegara a su fin. No obstante, el arduo y tortuoso camino que esta clan debía recorrer, al punto que comenzaba. Tan sólo unas horas antes nadie de sus miembros hubiera imaginado lo que este nuevo día traería consigo. Más delante vendrían sacerdotes, lágrimas, sentidos pésames, psicólogos, pastillas para descansar, terapias, retiros espirituales, angustia, dolor…

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En este nuevo día ya no estaba a su banda esa pupila linda y querida, de sonrisa alegre y dientes grandes, de luceros claros y penetrantes. De pensamiento acucioso y profundo. De mente brillante y escudriñadora, que leía porque le gustaba, que decía las cosas porque así las sentía, aunque a veces prefiriera escribirlas. Que dormía todo el día y vivía siempre encerrada en su cuarto. Que peleaba con su hermano, que discutía con su mamá, que adoraba a su gata y que veía la vida de una forma que nadie más la veía. Que a veces era pupila y a veces era mujer. Que dejó con su partida una huella imborrable en quienes la conocieron, quienes aún la recuerdan y desean que nunca se hubiera ido. Valentina Muñoz Pelado aún está en la mente de su hermano, de su causa y de su padre, de sus familiares y amigos, todos los días, todas las noches, todas las mañanas.

 

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